Vi Mis muertos tristes en Netflix y me gustó, pero terminé con una tristeza que todavía me dura. La recomiendo, con reparos. Si buscás algo para distraerte y pasar un rato tranquilo, yo elegiría otra cosa.
Es una miniserie argentino-chilena de cuatro capítulos, dirigida por Pablo Larraín y basada en cuentos de Mariana Enriquez. Netflix la estrenó el 24 de septiembre de 2026, después de que compitiera por la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, proyectada de corrido como una película.
¿De qué trata Mis muertos tristes?

Ema (Mercedes Morán) es una médica recién jubilada que puede ver y escuchar a los muertos. Vive en la casa de su madre, frente al complejo Piedrabuena, en Villa Lugano, y atiende las quejas de los fantasmas que se le acercan. Su sobrina Julie (Carolina Álvarez) comparte ese don, aunque lo vive de una forma muy distinta: Ema conecta con los muertos desde el pesar, y Julie, desde un lugar mucho más intenso.
El detonante es el asesinato de tres adolescentes del barrio, que rompe el equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos y abre una trama policial. Hasta ahí llego: el resto conviene descubrirlo solo.
Larraín armó la historia cruzando varios relatos de Enriquez: el que le da nombre a la serie, Julie y Un lugar soleado para gente sombría. Ella firma el guion junto a él, Guillermo Calderón y Anastasia Ayazi.
LEER MÁS ► La virgen de la tosquera representará a Argentina en los Goya 2027
¿Vale la pena Mis muertos tristes? Lo que me funcionó

Sí, si sabés a qué vas. Lo que más me funcionó fueron las actuaciones. Mercedes Morán y Dolores Fonzi, que hace de Carolina, encabezan un elenco que completan Alejandra Flechner y Carlos Portaluppi.
También me quedó dando vueltas lo que plantea. Me hizo pensar en estar vivo y sentirse muerto, en las oportunidades desiguales que separan a la casa de Ema del barrio de enfrente y en lo difícil que puede ser convivir con una capacidad extraordinaria. Ema convive con la suya desde hace años, y Julie recién empieza.
Lo que me incomodó: la crudeza y el color
Hay escenas fuertes y una crudeza que cuesta acompañar. No es una serie para tener de fondo mientras cocinás, y por eso no la recomiendo sin avisar.
Mi reparo está en el color general. Larraín y su director de fotografía, Sergio Armstrong, eligieron un tono desaturado, y yo no terminé de conectar con esa elección visual.
Enriquez lo vive al revés. En una entrevista con Clarín dijo que Larraín encontró lo visual del barrio que ella trabaja en sus cuentos: “Cómo se ve el color, cómo es la textura; esos elementos los siento muy cercanos”. Ella escribió los cuentos. Yo te cuento lo que me pasó del otro lado de la pantalla.
¿Para quién es Mis muertos tristes?
Para quienes disfrutan del terror y bancan una historia incómoda. Son cuatro capítulos que se pueden ver de un tirón, aunque el peso se acumula.
Si buscás pasar un rato liviano, elegí otra cosa del catálogo. Si te interesa el universo de Enriquez o te atrae ver a Morán y Fonzi en una historia de fantasmas, dale una oportunidad.
LEER MÁS ► Moria en Netflix: cómo la serie muestra a Moria Casán sin filtro
Me gustó y la recomiendo, pero la tristeza con la que me dejó todavía me dura. Para una serie sobre muertos que no se terminan de ir, tiene lógica.

